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COLUMNAS DE OPINIÓN

26 Mayo 2026

La trampa del utilitarismo ciego: el valor estratégico de la ciencia más allá del “libro precioso”

Por Mg. Carlos Rodríguez Arellano

Cuestionar la ciencia porque no genera un puesto de trabajo de forma instantánea es ignorar cómo se construyen las ventajas competitivas.

Recientemente, el debate público chileno se ha visto sacudido por declaraciones que cuestionan el impacto de los recursos destinados a la investigación universitaria, sugiriendo que muchos estudios terminan siendo meros “libros preciosos” sin capacidad de generar empleo. Desde una perspectiva académica y de gestión de la innovación, esta visión no solo denota un profundo desconocimiento de los mecanismos de desarrollo económico, sino que representa un riesgo existencial para la competitividad de Chile en el siglo XXI (4, 5).

El error del “Retorno Inmediato”: Las lecciones de Corea del Sur y Taiwán

Cuestionar la ciencia porque no genera un puesto de trabajo de forma instantánea es ignorar cómo se construyen las ventajas competitivas. Corea del Sur, un país que en los años 60 tenía un PIB per cápita similar al de Chile, decidió apostar por la investigación fundamental y hoy lidera la inversión global en I+D con un 4.9% del PIB (3, 5). Del mismo modo, Taiwán transformó su economía agraria en una potencia tecnológica gracias a centros de investigación financiados por el Estado que transfirieron conocimientos “teóricos” a la industria de semiconductores (4). El éxito de gigantes como Samsung o TSMC no nació de un utilitarismo cortoplacista, sino de décadas de estudios que sentaron las bases de la industria de alta complejidad que hoy sostiene sus economías (3, 4).

El espejo de los recursos naturales: Australia y Noruega

Australia es a menudo el referente comparativo para Chile por su matriz basada en minería y agroindustria; sin embargo, invierte cerca del 1.8% del PIB en I+D y ha sabido transformar su investigación académica en soluciones de transferencia tecnológica para procesos industriales complejos (3). A este ejemplo se suma Noruega, que ha utilizado las rentas del petróleo no solo para el bienestar, sino para financiar una red de institutos de investigación que hoy lideran la transición hacia energías limpias y acuicultura avanzada (3, 5). Académicos como Richard Nelson[1] han demostrado que la ciencia universitaria es el núcleo de los “Sistemas Nacionales de Innovación” (2). Sin la investigación fundamental, esa que se ha tildado de inútil, el sector privado carece de la base de conocimientos necesaria para generar empleos de alta calificación (2, 4).

“Sostener que la ciencia pública no genera trabajo es como decir que los cimientos de un edificio son innecesarios porque no se puede vivir en ellos. Sin cimientos (investigación base), el edificio (la industria) simplemente no puede existir”.

La evidencia de la “Destrucción Creativa” y el Capital Humano

El Nobel de Economía Paul Romer[2] postula en su Teoría del Crecimiento Endógeno que las ideas son el motor principal del crecimiento a largo plazo (1). Un país que desincentiva la investigación universitaria condena a su capital humano al estancamiento. En Chile, donde la productividad lleva una década estancada, la solución no es menos investigación, sino mayor vinculación (5). Descalificar la labor académica como algo ornamental es una señal alarmante de ignorancia sobre cómo la ciencia aplicada nace necesariamente de la ciencia básica (2, 4).

Conclusión: Visión de Estado vs. Miopía Política

La retórica que ridiculiza el conocimiento científico bajo la excusa de la austeridad es una invitación al subdesarrollo. Chile no necesita menos libros; necesita más mentes capaces de transformar esos libros en realidades industriales (4). La historia es clara: los países que prosperan son aquellos que respetan la autonomía de la investigación y entienden que la ciencia es la inversión más rentable que una sociedad puede hacer (5). Atacar a la universidad y al desarrollo científico y tecnológico que de ella emanan es atacar el futuro del empleo de calidad en Chile.

 

El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de este medio.

 

Notas al pie:

[1] Teoría Evolutiva del Cambio Económico (1982): Junto con Sidney Winter, escribió la obra seminal que trasladó los principios de la biología evolutiva a la economía. Propusieron que las empresas operan bajo rutinas y buscan innovar en entornos de incertidumbre.

[2] Economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial​​hasta el 24 de enero de 2018, cargo que ocupó desde junio de 2016.​ Fue galardonado en 2018 con Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas.

Referencias y fuentes académicas:

  1. Romer, P. M. (1990). Endogenous Technological Change. Journal of Political Economy. (Sustento de la importancia de las ideas en el crecimiento).
  2. Nelson, R. R. (1993). National Innovation Systems: A Comparative Analysis. Oxford University Press.
  3. OECD (2024). Research and Development Statistics: Performance of South Korea, Taiwan, Australia, and Norway.
  4. WIPO (2025). Global Innovation Index: The role of university-industry linkage.
  5. Banco Mundial (2025). Indicators on R&D investment and GDP growth correlation.

 

La presente columna se encuentra disponible también en https://www.lemondediplomatique.cl/la-trampa-del-utilitarismo-ciego-el-valor-estrategico-de-la-ciencia-mas-alla.html

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